El pasado jueves 6 de noviembre, al entrar del patio, dos de nuestros alumnos, Lucas y Hernán, venían emocionados… ¡habían encontrado un tesoro!
En clase teníamos la suerte de contar con un alumno en prácticas, Marcelo —antiguo alumno mío, del que guardo un grato recuerdo—.
Pues bien, ese día me di el permiso de escucharlos de verdad, y a ellos les regalé el ser escuchados.
A veces las prisas, el hacer, el dar… no nos dejan escucharles con el corazón.
Un tesoro “cuerda” y otro de “oro”
Lucas y Hernán tenían algo muy interesante que contar, y prefiero escribirlo tal como realmente se desarrolló:
Lucas: Seño, he visto un tesoro cuerda.
La seño: Pero… ¿cómo es ese tesoro cuerda?
Lucas: Es un tesoro de verdad, que está dentro de la tierra, escondido. Yo lo he encontrado, pero lo he tapado y lo he guardado para verlo mañana.
La seño: ¿Y tu tesoro, Hernán? ¿También es cuerda?
Hernán: No, seño. ¡Mi tesoro es de oro!
La seño: ¡Madre mía, Hernán, qué suerte has tenido! ¿Pero es de oro de verdad? ¡Yo lo quiero!
Los niños: Vamos a verlo, seño, ¡vamos a buscarlo!
Lucas: El mío está tapado.

En busca del tesoro
Con la atención y emoción de todos, y la sonrisa y admiración de Marcelo —un alumno grande y pequeño a la vez, y un gran docente en el futuro—, decidí ir a buscar esos maravillosos “tesoros”… y, claro, ¡los encontramos!
El tesoro de Lucas eran unas preciosas raíces debajo del arenero, que ya imaginaba que estarían allí.
Eran tesoros que no se podían sacar, que habían surgido de la “nada”.
Más tarde, por supuesto, les dimos una explicación… pero más tarde.
El tesoro de Hernán era una piedra con forma de diamante de granito, de la que también supimos sacar su encanto.
La mirada que transforma
Felices ellos, y felices nosotros como docentes, aprendimos que los tesoros pueden aparecer en cualquier lugar y en cualquier momento, y que todo depende de la mirada —y del corazón— con que se los mire.
Una vez más, me emocioné y disfruté de la maravillosa infancia, de la imaginación, y de la admiración de los compañeros que siguieron a sus amigos en la búsqueda del tesoro.
Ninguno dijo “bah, si es una piedra” o “bah, si es una raíz”, porque el respeto también respeta la imaginación del otro.
Lo importante frente a lo urgente
Con esta “simple” actividad de escucha tuve la oportunidad de recordar el valor de la educación lenta, y aquella frase de Mafalda que tanto me gusta:
“Que lo urgente no quite tiempo a lo importante.”
Esta entrada está dedicada a Marcelo, un gran alumno y seguro que un gran docente, para que recuerde el tesoro cuerda, el valor de la escucha y el respeto a la infancia, de la mano del amor y el cariño.

